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No obstante, tuve mis dudas.  Aún más, racionalizaba mis dudas diciéndome a mí mismo que en realidad no conocía los detalles del Islam y que las áreas en las que coincidía con él se limitaban a conceptos generales.  En tal situación, seguí leyendo y releyendo.





Mi sentido de identidad, de quién uno es, es una poderosa afirmación de la posición que tenemos en el cosmos.  En mi práctica profesional, ocasionalmente me llamaban para tratar ciertos desórdenes adictivos, que iban desde fumar, al alcoholismo o al abuso de las drogas.  Como clínico, sabía que la adicción física básica tenía que ser superada para crear la abstinencia inicial.  Esa era la parte fácil del tratamiento.  Como dijo Mark Twain una vez: “Dejar de fumar es fácil; yo lo he hecho cientos de veces”.  Sin embargo, también sabía que la clave para mantener esa abstinencia durante un largo período de tiempo era superar la adicción psicológica del paciente, la cual se basa fuertemente en su sentido básico de identidad, es decir, el paciente se identificaba como “fumador”, o como “bebedor”, etc.  El comportamiento adictivo se había vuelto parte del sentido básico de identidad del paciente, o de su sentido básico del ser.  Cambiar ese sentido de identidad era esencial para mantener la “cura” psicoterapéutica.  Esa era la parte difícil del tratamiento.  Cambiar el sentido básico de identidad de una persona es la tarea más difícil.  La psiquis de la persona tiende a aferrarse a lo viejo y conocido, lo cual parece más cómodo y seguro psicológicamente que lo nuevo y poco conocido.





En un sentido profesional, tenía el conocimiento descrito, y lo utilizaba a diario.  Sin embargo, irónicamente, no estaba listo para aplicarlo conmigo mismo ni tampoco con el tema de mis propias dudas respecto a mi identidad religiosa.  Durante 43 años, mi identidad religiosa había sido cuidadosamente caratulada de “cristiana”, por más numerosos que hayan sido los calificativos que le haya agregado al término a lo largo de los años.  Dejar de lado la etiqueta de mi identidad personal no fue una tarea fácil.  Era parte esencial de cómo definía mi propio ser.  Dado el beneficio de la duda, queda claro que mis dudas servían al fin de asegurarme de mantener mi identidad religiosa familiar de ser cristiano, aunque cristiano que creía como musulmán.





Ya estábamos a fines de diciembre, y mi esposa y yo estábamos llenando los formularios para obtener los pasaportes estadounidenses, para así hacer realidad un viaje al Medio Oriente.  Una de las preguntas tenía que ver con la afiliación religiosa.  Ni siquiera lo pensé y automáticamente caí en lo habitual y familiar, y escribí “cristiano”.  Fue fácil, fue conocido y fue cómodo.





Sin embargo, esa comodidad se vio alterada momentáneamente cuando mi esposa me preguntó qué había puesto en la parte de identidad religiosa del formulario.  Inmediatamente respondí “cristiano”, y me reí fuertemente.  Ahora, una de las contribuciones de Freud a la comprensión de la psiquis humana fue su interpretación de que la risa es a menudo una liberación de tensión psicológica.  Por más equivocado que pueda haber estado Freud en muchos aspectos de su teoría del desarrollo psicosexual, sus comentarios sobre la risa fueron bastante acertados.  ¡Me había reído! ¿De qué se trataba esta tensión psicológica que tenía la necesidad de liberar a través de la risa?





Me apresuré a darle a mi esposa una breve afirmación de que era cristiano, no musulmán.  En respuesta a ello, me informó amablemente que sólo me estaba preguntando si había escrito “cristiano”, “protestante” o “metodista”.  En un sentido profesional, sé que una persona no se defiende de una acusación que no le han hecho.  (Si durante una sesión de psicoterapia, mi paciente vocifera “No estoy enojado con eso”, y yo ni siquiera mencioné el tema del enojo, queda claro que mi paciente sentía la necesidad de defenderse de una acusación que le hacía su propio inconsciente.  Es decir, estaba enojado, pero no estaba listo para admitirlo o enfrentarlo).  Si mi esposa no había hecho la acusación, o sea “eres musulmán”, entonces la acusación provenía de mi propio inconsciente, pues yo era la única persona presente.  Estaba al tanto de ello, pero seguía vacilando.  La carátula religiosa que se había apegado a mi sentido de identidad durante 43 años no iba a despegarse fácilmente.





Había pasado alrededor de un mes desde que mi esposa me hizo esa pregunta.  Ya era finales de enero de 1993.  Había dejado de lado todos los libros sobre el Islam escritos por autores occidentales, pues ya los había leído en detalle.  Las dos traducciones al inglés del Corán volvieron al estante, y ahora estaba leyendo una tercera traducción al inglés del significado del Corán.  Quizás en esta traducción encontrase alguna justificación para…





Me tomé una hora para almorzar y descansar del consultorio en un restaurante árabe local que solía frecuentar.  Entré como de costumbre, me senté en una mesa pequeña y abrí mi tercera traducción al inglés del significado del Corán para retomar la lectura.  Pensé que podría leer un poco más durante mi hora de almuerzo.  Unos momentos después, me di cuenta de que Mahmud estaba detrás de mí esperando para tomarme el pedido.  Miró lo que estaba leyendo pero no dijo nada al respecto.  Tomó el pedido y volví a la soledad de mi lectura.





Unos minutos después, la esposa de Mahmud, Imán, una musulmana estadounidense, que usaba el Hiyab (velo) y un vestido que ya me había acostumbrado a asociar con las mujeres musulmanas, me trajo el pedido.  Hizo un comentario sobre lo que yo leía y amablemente me preguntó si era musulmán.  La palabra que salió de mi boca antes de pensar en cualquier amabilidad o regla de cortesía social fue: “¡No!”.  Esa sola palabra fue pronunciada con fuerza y con más de un dejo de irritabilidad.  Con eso, Imán cortésmente se retiró de mi mesa.





¿Qué me estaba pasando?  Me había comportado agresiva y maleducadamente.  ¿Qué había hecho esta mujer para merecer mi reacción?  Ese no era yo.  Según  mi crianza, seguía usando “señor” y “señora” para dirigirme a meseros y cajeros que me atendieran en tiendas y restaurantes.  Podía hacer de cuenta que ignoraba mi propia risa como una tensión liberada, pero no podía comenzar a ignorar esta suerte de comportamiento reprochable de mi parte.  Dejé de lado la lectura, y comencé a pensar en todo lo sucedido mientras comía.  Cuanto más analizaba, más culpable me sentía por mi comportamiento.  Sabía que cuando Iman me trajera la cuenta al final de la comida, tendría que enmendar las cosas.  Si no era por ninguna otra razón, al menos por una cuestión de educación.  Aún más, me sentía muy perturbado sobre cómo reaccioné frente a una pregunta tan inocua.  ¿Qué me estaba sucediendo que respondí de tan mala manera a una pregunta tan simple y directa?  ¿Por qué esa pregunta tan simple encendió en mí un comportamiento tan atípico?





Más tarde, cuando Imán vino con la cuenta, intenté darle vueltas a la disculpa diciendo: “Temo que fui un poco brusco en responder su pregunta hace un rato.  Si usted me hubiera preguntado si creo que existe un solo Dios, entonces mi respuesta sería sí.  Si me hubiera preguntado si creo que Muhammad fue uno de los profetas de ese único Dios, entonces mi respuesta sería sí”.  Ella fue muy amable y dijo: “Está bien, a algunas personas les lleva más tiempo que a otras”.





Quizás, los lectores de estas palabras serán lo suficientemente amables para notar los juegos psicológicos que estaba jugando conmigo mismo sin reírme fuerte con mi gimnasia mental y mi comportamiento.  Sabía bien que a mi propia manera, utilizando mis propias palabras, acababa de decir la Shahadah, el testimonio islámico de fe, es decir: “Atestiguo que no existe dios excepto Dios, y atestiguo que Muhammad es el mensajero de Dios”.  Sin embargo, a pesar de haberlo dicho y haber reconocido lo que había dicho, seguía aferrándome a mi antigua y conocida carátula mental de identidad religiosa.  Después de todo, no había dicho que era musulmán.  Simplemente era un cristiano, aunque un cristiano atípico que estaba dispuesto a decir que existe un solo Dios, y no una trinidad, y que estaba dispuesto a decir que Muhammad fue uno de los profetas inspirados por ese Dios.  Si un musulmán quisiera aceptarme como musulmán, eso era problema suyo, no mío.  Yo creía que había encontrado mi propia salida a la crisis de identidad religiosa.  Era un cristiano que explicaba minuciosamente que estaba de acuerdo, y tenía la voluntad de atestiguar el testimonio islámico de fe.  Luego de dar mi torturada explicación y haber hecho sufrir al idioma hasta el límite de su vida, los demás podían ponerme la etiqueta que quisieran.  Era su etiqueta, no la mía.





Corría marzo de 1993, y mi esposa y yo disfrutábamos de unas vacaciones en el Medio Oriente.  Era el mes islámico de Ramadán, en el que los musulmanes ayunan desde el alba hasta el anochecer.  Puesto que la mayoría de las veces nos hospedábamos o nos acompañaban parientes de nuestros amigos musulmanes de los Estados Unidos, mi esposa y yo decidimos que también ayunaríamos, aunque sólo fuera por cortesía.  Durante ese tiempo, también comencé a realizar las cinco oraciones diarias del Islam junto con mis nuevos amigos musulmanes del Medio Oriente.  Después de todo, no había nada en esas oraciones con lo que no estuviese de acuerdo.





Era cristiano, o al menos eso decía.  Después de todo, había nacido en una familia cristiana, había tenido una crianza cristiana, había asistido de niño a la escuela dominical todas las semanas, había egresado de un prestigioso seminario y me había ordenado como ministro en una importante iglesia Protestante.  Sin embargo, también era un cristiano que no creía en la trinidad ni en la divinidad de Jesús, la paz de Dios sea con él; que sabía muy bien que la Biblia había sido corrompida; que había dicho el testimonio islámico de fe con mis propias palabras; que había ayunado durante Ramadán; que decía las oraciones islámicas cinco veces al día y que estaba profundamente impresionado por los ejemplos de conducta de los cuales era testigo en la comunidad musulmana, tanto en Estados Unidos como en el Medio Oriente.  (El tiempo y el espacio no me permiten darme el lujo de documentar todos los detalles de moralidad y ética personal que encontré en el Medio Oriente).  Si me preguntaran si era musulmán, podría – y de hecho lo hice – dar un monólogo de cinco minutos detallando lo anterior y básicamente dejar la pregunta sin responder.  Estaba jugando un juego intelectual de palabras, y me estaba saliendo bastante bien.





Nuestro viaje por el Medio Oriente se acercaba a su fin.  Un amigo entrado en edad que no hablaba inglés, y yo, caminábamos por un pequeño camino serpenteante, en una de las zonas menos favorecidas del Gran ‘Amman, Jordania.  A medida que caminábamos, se nos acercó un anciano que venía caminando en dirección opuesta y dijo “Salam ‘Alaykum”, es decir, “la paz sea con vosotros”, y extendió la mano para estrechárnosla.  Éramos las únicas tres personas allí.  Yo no hablaba árabe, y mi amigo y el hombre no hablaban inglés.  Mirándome, el extraño me preguntó: “¿Musulmán?”.





En ese preciso momento, me sentí total y completamente atrapado.  No había juegos de palabras que pudiera utilizar, porque sólo me podía comunicar en inglés, y ellos sólo se comunicaban en árabe.  No había un traductor presente para sacarme de la situación y permitiera que me ocultase detrás de mi cuidadosamente preparado monólogo en inglés.  No podía hacer de cuenta que no entendía la pregunta, porque era demasiado obvio que sí la comprendía.  Mis opciones se redujeron, repentina e inexplicablemente, a dos: Podía decir “Na’am”, sí; o “La”, no.  La decisión era mía y no tenía otra.  Tenía que elegir en ese momento; así de simple.  Alabado sea Dios, respondí: “Na’am”.





Al decir esa sola palabra, todos los juegos intelectuales de palabras quedaron atrás.  Al dejar atrás los juegos de palabras, los juegos psicológicos respecto a mi identidad religiosa también quedaron atrás.  No era un cristiano extraño y atípico.  Era un musulmán.  Alabado sea Dios, mi esposa de 33 años también se convirtió en musulmana más o menos al mismo tiempo.





Pasaron unos meses de nuestro regreso a Estados Unidos del Medio Oriente, cuando un vecino nos invitó a su casa diciendo que quería hablar con nosotros sobre nuestra conversión al Islam.  Era un ministro Metodista retirado, con quien ya había tenido varias conversaciones en el pasado.  Si bien habíamos tocado someramente temas como la construcción artificial de la Biblia a partir de varias fuentes anteriores e independientes, nunca habíamos tenido una charla profunda sobre religión.  Sólo sabía que parecía tener una sólida formación de seminario y que cantaba en el coro de la iglesia del pueblo todos los domingos.





Mi reacción inicial fue: “Oh, oh, aquí viene”.  Sin embargo, es obligación de todo musulmán ser un buen vecino, y también es obligación de todo musulmán hablar del Islam con los demás.  Como tal, acepté la invitación para la noche siguiente y pasé la mayor parte de aquel día contemplando la mejor manera de enfrentar a este hombre en su tema de conversación.  Llegó la hora acordada y nos dirigimos a la casa de nuestro vecino.  Después de unos momentos de conversación trivial, finalmente me preguntó por qué decidimos convertirnos en musulmanes.  Yo estaba esperando esa pregunta y tenía mi respuesta cuidadosamente preparada.  “Como usted sabe de su formación de seminario, hubo muchas consideraciones no religiosas que llevaron y dieron forma a las decisiones del Concilio de Nicea”.  Inmediatamente me interrumpió con una simple frase: “No pudiste aguantar más el politeísmo, ¿verdad?”.  Él sabía exactamente por qué yo era musulmán, ¡y no estaba en desacuerdo con mi decisión!  Para él, a su edad y desde su posición, estaba eligiendo ser “un cristiano atípico”.  Dios mediante, él ya ha completado su viaje de la ‘cruz’ a la ‘media luna’.





Hay que hacer ciertos sacrificios si se es musulmán en Estados Unidos.  De hecho, hay que hacer sacrificios si se es musulmán en cualquier lugar del mundo.  Sin embargo, dichos sacrificios pueden sentirse con más fuerza en Estados Unidos, especialmente entre los conversos estadounidenses.  Algunos de estos sacrificios son muy predecibles, como modificar la vestimenta y abstenerse del alcohol, la carne de cerdo y depositar el dinero en una cuenta con intereses.  Otros sacrificios son menos predecibles.  Por ejemplo, una familia cristiana, de quienes éramos íntimos amigos, nos informó que ya no podrían frecuentarnos, pues no podían frecuentar a ninguna persona “que no aceptara a Jesucristo como su salvador personal”.  Además, algunos de mis colegas de trabajo cambiaron su manera de relacionarse conmigo.  Puede que haya sido una coincidencia o no, pero mi base de referencias profesionales se redujo, y consecuentemente experimenté una reducción de un 30% de mi ingreso.  Algunos de estos sacrificios menos predecibles fueron difíciles de aceptar, aunque los sacrificios son sólo un pequeño precio que se paga a cambio de lo que se recibe.





Para quienes contemplen aceptar el Islam y someterse al único Dios, alabado y glorificado sea, puede que haya sacrificios en el camino.  Muchos de esos sacrificios son fácilmente predecibles, mientras que otros son bastante sorprendentes e inesperados.  No se puede negar la existencia de estos sacrificios; sin embargo, no se debe caer en una preocupación excesiva por los mismos.  Al hacer el análisis final, estos sacrificios son menos importantes de lo que uno cree.  Dios mediante, usted verá que estos sacrificios son un precio muy bajo que se paga por los “bienes” que está comprando.





 



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