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Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es el de oír la campana de la iglesia llamando a la oración matinal de los domingos en el pequeño pueblo rural donde crecí.  La Iglesia Metodista era una vieja estructura de madera con un campanario, dos aulas para el catecismo dominical, puertas de madera para separarla del santuario y un cuarto para el coro que hacía las veces de escuela dominical para los niños más grandes.  La iglesia quedaba a menos de dos cuadras de mi casa.  Cuando sonaba la campana, nos reuníamos en familia y hacíamos nuestra peregrinación semanal a la iglesia.





En ese entorno rural de la década del  ‘50, las tres iglesias del pueblo de alrededor de 500 habitantes eran el centro de la vida comunitaria.  La Iglesia Metodista local, a la cual pertenecía mi familia, auspiciaba encuentros sociales con helado casero, guisos de pollo y maíz asado.  Mi familia y yo siempre participábamos en las tres, pero se realizaban sólo una vez al año.  Además, había una escuela comunitaria sobre la Biblia que duraba dos semanas todos los meses de junio, y yo era uno de los que siempre iba hasta que estuve en octavo grado de la escuela.  Sin embargo, los servicios dominicales y la escuela de catecismo eran eventos semanales, y me esforzaba para mantener mi asistencia perfecta, premiada con medallitas y reconocimientos por memorizar pasajes de la Biblia.





Al comenzar la escuela secundaria, la Iglesia Metodista del pueblo había cerrado, y comenzamos a asistir a la Iglesia Metodista del pueblo vecino, que era apenas más grande que el pueblo en el que vivíamos.  Allí, comencé a sentir el llamado a ser ministro como algo personal.  Comencé a participar en la Hermandad de Jóvenes Metodistas, y en su momento oficié de encargado de distrito y de conferencia.  También me convertí en el “predicador” habitual del servicio dominical de los jóvenes todos los años.  Mi prédica comenzó a atraer atención en toda la comunidad, y no pasó mucho tiempo antes de que se comenzaran a llenar los púlpitos en otras iglesias, en un hogar de ancianos y en diversos grupos de jóvenes y mujeres relacionados con la iglesia, en los que siempre tuve asistencia perfecta.





A los 17 años, cuando comencé el primer año en Harvard, mi decisión de entrar al ministerio se había solidificado.  Durante ese año, me inscribí en un curso de dos semestres de religión comparada, dictado por Wilfred Cantwell Smith, cuya área específica de experiencia era el Islam.  Durante ese curso, le presté mucha menos atención al Islam que a otras religiones, como el Hinduismo y el Budismo, pues estas dos parecían mucho más esotéricas y extrañas.  Por el contrario, el Islam me parecía muy similar al Cristianismo que yo profesaba.  Como tal, no me concentré en él tanto como debería haberlo hecho, aunque recuerdo que una vez escribí un informe semestral para el curso sobre el concepto de revelación en el Corán.  No obstante, como el curso era uno de los estándares y exigencias académicas, procuré una pequeña biblioteca de unos seis libros sobre el Islam, todos ellos escritos por personas no musulmanas, y que me sirvieron aún 25 años después.  También adquirí dos traducciones distintas del Corán al inglés, las cuales leí en aquel entonces.





Esa primavera, Harvard me nombró Hollis Scholar, lo cual significaba que era uno de los mejores alumnos de pre-teología en la institución.  El verano entre mi primer y segundo año en Harvard, trabajé como ministro en una Iglesia Metodista Unida bastante grande.  El verano siguiente, obtuve mi licencia para predicar por parte de la Iglesia Metodista Unida.  Al graduarme de Harvard en 1971, me inscribí en la Harvard Divinity School, y allí obtuve mi Master en Divinidad en 1974, habiéndome ordenado previamente como Diácono de la Iglesia Metodista Unida en 1972, y recibido una Beca Stewart de la Iglesia Metodista Unida como suplemento a mi beca de la Harvard Divinity School.  Durante mi educación en el seminario, completé además un programa de pasantía como capellán en el Hospital Peter Bent Brigham en Boston.  Luego de graduarme de la Harvard Divinity School, pasé el verano como ministro en dos iglesias Metodistas Unidas en la zona rural de Kansas, donde la concurrencia creció a niveles nunca vistos en esas iglesias durante varios años.





Visto desde afuera, yo era un ministro muy prometedor, que había recibido una excelente educación, que convocaba grandes multitudes en el servicio dominical de las mañanas, y que había tenido mucho éxito en todo el camino ministerial.  Sin embargo, visto desde adentro, yo libraba una lucha constante para mantener mi integridad personal a la luz de mis responsabilidades ministeriales.  Esta guerra estaba muy alejada de las que supuestamente llevan a cabo algunos tele-evangelistas que infructuosamente intentan mantener una moralidad sexual personal.  De igual forma, era una guerra muy distinta de la que llevan adelante los sacerdotes pedófilos tan publicados en los medios.  Sin embargo, mi lucha por mantener la integridad personal podría haber sido la más común enfrentada por los miembros más formados del ministerio.





Hay algo de ironía en el hecho que supuestamente los mejores, más brillantes y más idealistas aspirantes a ministros son seleccionados por tener la mejor educación en el seminario, por ejemplo, la que ofrecía en ese entonces la Harvard Divinity School.  La ironía es que, según dicha educación, el seminarista está expuesto a tanta verdad histórica real como se conoce:





1)    la formación de la primera iglesia “central” y cómo cobró forma gracias a consideraciones geopolíticas;





2)    la lectura “original” de diversos textos bíblicos, muchos de los cuales contradicen tajantemente lo que muchos cristianos leen cuando toman su Biblia, aunque de forma gradual, parte de esta información se va incorporando a mejores y más nuevas traducciones;





3)    la evolución de dichos conceptos como un dios trinitario y el carácter “filial” de Jesús, la paz sea con él;





4)    las consideraciones no religiosas que subyacen a muchos credos y doctrinas cristianas;





5)    la existencia de aquellas primeras iglesias y movimientos cristianos que nunca aceptaron el concepto de la trinidad y que nunca aceptaron el concepto de la divinidad de Jesús, la paz sea con él, y





6)    etc.  (Algunos de estos frutos de mi educación en el seminario son relatados con mayor detalle en mi reciente libro, The Cross and the Crescent: An Interfaith Dialogue between Christianity and Islam, Amana Publications, 2001).





Como tales, no ha de sorprendernos que la gran mayoría de los egresados del seminario salen de allí, no para “llenar púlpitos”, donde se les pedirá que prediquen aquello que saben que no es cierto, sino para ingresar a diversas profesiones de asesoría.  Ese también fue mi caso, puesto que me gradué más tarde con una maestría y un doctorado en psicología clínica.  Me seguí llamando cristiano, porque tenía esa necesidad de auto-identificarme y porque, después de todo, era un ministro ordenado, aunque me dedicaba de lleno a la salud mental.  Sin embargo, mi educación en el seminario se había encargado de destruir toda creencia que pudiera haber tenido respecto a un dios trinitario o a la divinidad de Jesús, la paz sea con él.  (Las encuestas revelan habitualmente que es menos probable que los ministros crean en esos y otros dogmas de la iglesia que los laicos a quienes predican, siendo los ministros más propensos a entender términos como “hijo de Dios” de manera metafórica, mientras que los fieles los entienden literalmente).  Por lo tanto, me convertí en un “cristiano de Navidad y Pascuas”, que iba a la iglesia muy de vez en cuando y que rechinaba los dientes y se mordía la lengua mientras escuchaba los sermones, pues yo sabía que no era cierto.





Nada de lo dicho debe ser tomado como una implicación de que yo era menos religioso o que tenía menos orientación espiritual que la que pude haber tenido alguna vez.  Rezaba regularmente, creía sólidamente en un único Dios y llevaba una vida personal dentro del marco ético que me habían enseñado en la iglesia y la escuela dominical.  Simplemente conocía mejor los dogmas y artículos de fe de la iglesia organizada, tan cargados de influencias paganas, nociones politeístas y consideraciones geopolíticas de una era pasada.





A medida que pasaban los años, comencé a interesarme mucho más en la pérdida de la religiosidad en la sociedad estadounidense en general.  La religiosidad es una espiritualidad y una moralidad viva, que respira dentro de los individuos y no debe ser confundida con la religión, que tiene que ver con los ritos, rituales y los credos dogmáticos de una entidad organizada, por ejemplo, la iglesia.  La cultura estadounidense parecía haber perdido su moral y su brújula religiosa.  Dos de cada tres matrimonios terminaban en divorcio; la violencia se volvía una parte cada vez más inherente de nuestras escuelas y carreteras; la responsabilidad individual iba en descenso; la disciplina se sumergía cada vez más bajo una moralidad que decía “si se siente bien, pues hágalo”; diversos líderes e instituciones cristianas se veían ensuciados por escándalos sexuales y financieros; y las emociones justificaban el comportamiento, por más odioso que fuera.  La cultura estadounidense se volvía cada vez más una institución en bancarrota, y me sentía muy solo en mi vigilia religiosa personal.





Me encontraba en esta disyuntiva cuando comencé a tener contacto con la comunidad musulmana local.  Unos años antes, mi esposa y yo habíamos estado investigando activamente sobre la historia del caballo árabe.  Eventualmente, y para asegurarnos de la calidad de unos papeles en árabe, esta investigación nos llevó a contactarnos con unas personas árabe-estadounidenses, que resultaron ser musulmanes.  Nuestro primer contacto fue con Yamal en el verano de 1991.





Luego de una conversación telefónica inicial, Yamal visitó nuestra casa y se ofreció para hacer las traducciones y guiarnos en la historia del caballo árabe en el Medio Oriente.  Antes de que Yamal se fuera esa tarde, preguntó si podía usar nuestro baño para lavarse antes de realizar sus oraciones; y nos pidió una hoja de periódico para usar a modo de alfombra de oración, para poder decir sus oraciones antes de irse de casa.  Desde luego, nos vimos obligados, pero nos preguntamos si no había algo más apropiado para darle en lugar de una hoja de periódico.  Sin darnos cuenta en ese momento, Yamal estaba practicando una forma muy bella de Dawa (prédica o exhorto).  No hizo ningún comentario sobre el hecho de que no éramos musulmanes, ni tampoco nos predicó nada sobre sus creencias religiosas.  “Simplemente” nos presentó su ejemplo, un ejemplo que hablaba a gritos, si es que uno era receptivo de la lección dada.





A lo largo de los siguientes 16 meses, el contacto con Yamal fue aumentado paulatinamente en frecuencia, hasta que pasamos a vernos cada una o dos semanas.  Durante estas visitas, Yamal nunca me predicó nada sobre el Islam, ni me cuestionó sobre mis propias creencias o convicciones religiosas ni tampoco me sugirió verbalmente que me convirtiese en musulmán.  Sin embargo, yo aprendía cada vez más.  Primero, estaba el constante ejemplo del comportamiento de Yamal al cumplir sus oraciones.  Segundo, estaba el ejemplo de cómo Yamal se comportaba en su vida diaria con una ética y moral impecables, tanto en su mundo profesional como en su mundo social.  Tercero, estaba el ejemplo de cómo Yamal se relacionaba con sus dos hijos.  Para mi esposa, la esposa de Yamal también fue un ejemplo similar.  Cuarto, siempre dentro del marco de ayudarme a comprender la historia del caballo árabe en el Medio Oriente, Yamal comenzó a compartir conmigo: 1) relatos de la historia árabe e islámica; 2) dichos del Profeta Muhammad, la paz sea con él; y 3) versículos coránicos y su significado contextual.  De hecho, cada visita incluía al menos 30 minutos de conversación en torno a algún aspecto del Islam, pero siempre presentado en términos de ayudarme intelectualmente a entender el contexto islámico de la historia del caballo árabe.  Nunca me dijo: “así son las cosas”, simplemente me decía “esto es lo que normalmente creen los musulmanes”.  Dado que no me estaban “predicando”, y puesto que Yamal nunca indagaba en mis propias creencias, no tenía la necesidad de justificar mi propia posición.  Todo se manejaba como un ejercicio intelectual, no como proselitismo.





Gradualmente, Yamal comenzó a presentarnos con otras familias árabes de la comunidad musulmana local.  Estaba Wa’el y su familia, Jaled y su familia, y otros más.  Consistentemente, observaba a personas y familias que llevaban vidas mucho más éticas que las de la sociedad estadounidense en la que estábamos inmersos.  Quizás había algo en la práctica del Islam que había dejado de lado durante mis años de universidad y seminario.





Para diciembre de 1992, comencé a hacerme serias preguntas sobre quién era y qué estaba haciendo.  Estas preguntas se vieron alimentadas por las siguientes consideraciones:





1)    A lo largo de los 16 meses previos, nuestra vida social se había centrado casi totalmente en el componente árabe de la comunidad musulmana local.  Para diciembre de ese año, probablemente un 75% de nuestra vida social la pasábamos con musulmanes árabes.





 





2)    Gracias a mi formación y educación de seminario, sabía cuánto había sido tergiversada la Biblia (y en ocasiones sabía cuándo, dónde y por qué), no creía en la trinidad ni tampoco en el carácter de “hijo de Dios” de Jesús, al menos no literalmente.  En pocas palabras, si bien ciertamente creía en Dios, era tan monoteísta como mis amigos musulmanes.





3)    Mis valores personales y mi sentido de moralidad estaban mucho más a tono con mis amigos musulmanes que con la sociedad “cristiana” que me rodeaba.  Después de todo, tenía los ejemplos amistosos de Yamal, Jaled y Wa’el como ilustraciones.  En pocas palabras, mi nostálgico anhelo del tipo de comunidad en el que había sido criado encontraba gratificación en la comunidad musulmana.  La sociedad estadounidense puede estar en una bancarrota moral, pero ese no parecía ser el caso para la comunidad musulmana con la que tenía contacto.  Los matrimonios eran estables, los esposos se comprometían mutuamente, y se hacía hincapié en la honestidad, la integridad, la responsabilidad individual y los valores familiares.  Mi esposa y yo habíamos intentado vivir nuestras vidas de esa manera, pero durante muchos años sentíamos que lo hacíamos en un contexto de vacío moral.  La comunidad musulmana parecía ser distinta.





Los distintos hilos se iban tejiendo en una única hebra.  Los caballos árabes, mi educación de la niñez, mi paso por el ministerio cristiano y mi formación de seminario, mi nostalgia de una sociedad moral, y mi contacto con la comunidad musulmana se entrelazaban cada vez más.  Las preguntas que me hacía a mí mismo llegaron a su fin cuando finalmente pude preguntarme qué me separaba exactamente de las creencias de mis amigos musulmanes.  Supongo que le podría haber hecho esa pregunta a Yamal o Jaled, pero no me sentía listo para dar ese paso.  Nunca había hablado con ellos de mis propias creencias religiosas y creo que tampoco quería incluir en nuestra amistad ese tema de conversación.  Como tal, comencé a sacar de la biblioteca todos los libros sobre el Islam que había adquirido cuando estaba en el seminario y la universidad.  Por más lejanas que fueran mis creencias de la postura tradicional de la Iglesia, yo seguía identificándome como cristiano, por lo que acudí a las obras de expertos occidentales.  Ese mes de diciembre, leí una media docena de libros sobre el Islam, todos escritos por autores occidentales, incluyendo una biografía del Profeta Muhammad, la paz sea con él.  Aún más, comencé a leer dos traducciones al inglés del significado del Corán.  Nunca hablé de esta búsqueda con mis amigos musulmanes.  Nunca les mencioné qué tipo de libros leía ni tampoco por qué lo hacía.  Sin embargo, en ocasiones les hacía alguna pregunta muy circunscripta sobre alguno de los libros.





Si bien nunca hablaba con mis amigos musulmanes sobre estos libros, mi esposa y yo teníamos numerosas conversaciones sobre el material de lectura.  Al llegar la última semana de diciembre de 1992, me vi obligado a admitirme a mí mismo que no encontraba nada en desacuerdo sustancial entre mis propias creencias religiosas y los conceptos básicos del Islam.  Si bien estaba listo para reconocer que Muhammad era un profeta (alguien que habla por inspiración) de Dios, y no tenía dificultad alguna en afirmar que no existe dios aparte de Dios, glorificado y alabado sea, seguía vacilando en tomar la decisión.  Estaba listo para admitirme a mí mismo que tenía más en común con las creencias islámicas tal como las entendía que con el Cristianismo tradicional de la iglesia organizada.  Sólo sabía muy bien que podía confirmar fácilmente – a partir de mi formación en el seminario –la mayor parte de lo que el Corán dice del Cristianismo, de la Biblia, y de Jesús, la paz sea con él.





 



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